Una Noche
Una noche
Una noche toda llena de perfumes, de murmullos y de músicas de alas,
Una noche
En que ardían en la sombra nupcial y húmeda las luciérnagas fantásticas,
A mi lado lentamente, contra mí ceñida toda, muda y pálida,
Como si un presentimiento de amarguras infinitas,
Hasta el más secreto fondo de las fibras te agitara,
Por la senda florecida que atraviesa la llanura
Caminabas,
Y la luna llena
Por los cielos azulosos, infinitos y profundos esparcía su luz blanca,
Y tu sombra
Fina y lánguida,
Y mi sombra
Por los rayos de la luna proyectadas,
Sobre las arenas tristes
De la senda se juntaban,
Bitácora de una violación
Sus palabras, no se aún si las tengo presentes, quizás eran - Tranquila todo estará bien - pero en mis manos, en ellas mis recuerdos me trasladan a un hecho más terrible del que sus palabras intentan describir. Los Eneros, en particular los míos son soleados, desde su amanecer al rayar el alba, los destellos de luz cobijan mi rostro, pero ese día no, justamente ese día no.
Había oído esa frase cientos de veces, me daba seguridad, confianza, el saber que todo estaría bien, fortalecía mis huesos, era él pues aquel hombre que reforzaba su frase con su fuerza y valor, pero aquel crudo día de Enero, donde los rayos no alumbran mi cara, ni el alba quiso deslumbrarme como cada mañana, ese día su frase tomo otro significado.
Era un Sábado quizas Domingo, no se cuanto fallo al recordarlo, si bien despistada en mi andaba sobre el tiempo, desde ese momento no recuerdo si noche o día era, más bien creo con cada parte de mi cuerpo, que el tiempo, el que tanto me afano en toda mi vida, justo ese día me fallo y se detuvo. Tumbó la puerta en mi descuido, en su estruendo cayo un viejo jarrón con trece rosas de nuestro último aniversario, en su mano derecha lo que creo yo ya era la mitad de su salario, en su izquierda una botella de vino blanco hasta la mitad, la otra parte se le resbalaba por los labios que no paraban de ofenderme, transcurrían por su cuello y concluían en sus zapatos de charol, como recuerdo lo mucho que me empeñe esa mañana para dejarlos relucientes pero ya no, venían en su exterior llenos del barro que un hombre embriagado suele recoger en sus descuidos, aunque no serían los únicos sucios, pronto mi vestido se llenaría del mismo. Recuerdo mi saludo aunque no se que tan importante sea recordarlo a esta instancia, se acerco y mis manos temblaban, su botella, aquella que causaba su trastorno, la sentí en mi cabeza, caí en la alfombra aturdida, la alfombra que mamá nos regalo recién casados mientras que por mis cabellos corría mi sangre helada, la que congelaba mi espalda y poco a poco me vencía, sus manos contra mi mejilla contendían, su anillo el que de navidad recuerdo ya tenía más daño que sus manos me infringía, pero que más da, siendo yo no puedo detenerlo, ¿que me queda aquí tirada ya en el suelo?, si mi mente repetía que paso con aquel que un día dijo "te amaré toda la vida".
Soy sincera, no recuerdo lo demás, despierto acobijada con mi sabana preferida y en la puerta su risa a carcajadas, cuando cesaba sus palabras repetía y si que las recuerdo, pero las odiaba, ya no me las creía, ¿todo va a estar bien? eso ya no lo sabía.
Daniel Alejandro Salcedo